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Un tipo duro se derrumba

Bueno, es esta una entrada especial. Es más, es un experimento que no sé si funcionará, ya que es algo totalmente diferente a lo que vengo publicando. A todos nos cuesta acostumbrarnos a cosas nuevas cuando lo que esperamos es algo determinado. Hoy no escribo ningún artículo, lo más parecido a lo que vais a leer son los relatos de ficción que de vez en cuando me da por escribir, y que tratan de simbolizar diferentes aspectos del ser humano, de su psicología, de su mundo emocional.
Tras este preámbulo, os cuento el menú de hoy:

En la entrada La psicología dentro de un poema (El sutra del girasol), me dediqué a comentar un poema para tratar de sacar todo el jugo psicológico que ví que contenía. Me gustó la experiencia y me divertí mucho escribiendo el post. Se me ocurrió hacer lo mismo de nuevo, crear así en el blog un pequeño rincón de poemas comentados. Y me lancé en busca de otro poema. Quería encontrar algo sobre un tipo duro, sobre el barniz de rudeza que le cubre y lo que hay debajo, pero no encontré exactamente lo que quería. Casi lo consigo con Bukowski, un tipo duro que se metió a poeta porque descubrió que la poesía le ofrecía más desahogo que las peleas y demás bravuconadas. Pero tampoco me dio Bukowski lo que buscaba. Así que con mucho respeto y más miedo que vergüenza me puse a escribir yo mismo el poema que estaba buscando. El primer poema de mi vida. Tengan piedad de mí los entendidos en el género y los poetas por profanar su mundo.

Hoy os necesito para completar el post. Yo pongo el texto y entre todos le sacamos el jugo. Simplemente leed estos versos y comentadme abajo, en “comentarios”, qué os sugiere, cómo lo interpretáis, qué moraleja se podría sacar. Seguro que habéis conocido a algún tipo duro o tipa dura en vuestra vida, igual alguno de vosotros o de vosotras lo habéis sido o habéis pretendido serlo alguna vez.

Ahí va el poema:

Un tipo duro se derrumba
y llora sobre la cama.
Limpia con vergüenza
las viscosas gotas de su historia,
que caen desoladas
sobre su rostro,
sobre sus manos.

La habitación está poblada por calcetines sucios,
camisetas gastadas y pantalones con los bajos raídos.
La ropa de un alma usada, sin lavar.

Saca un cigarrillo,
le da dos caladas,
se olvida de él.
Se consume lento,
su lava resbala sin prisa.
Levanta de la cama por fin
y se dirige al baño.
Está en penumbra,
oscuro, hostil.

El espejo de encima del lavabo
le mira desde muy lejos
devolviendo una imagen
casi infantil, totalmente infantil:
los párpados hinchados,
la cara enrojecida de un niño sufriente.
Aparta la mirada y vuelve a sentir vergüenza,
no se concibe así, no soporta volver a ser
aquel niño desamparado.

Los sentimientos y recuerdos
vuelven como un tsunami
desde muy lejos.
Creía que ya no iban a volver,
creía haber conseguido exterminarlos,
creía que tenía el poder de hacerlo,
pero vuelven.
Desde muy lejos.

Escapa del desvalido espejo,
no aguanta más el lloriqueo sordo que refleja.
Se sienta y trata de calmarse
pero hoy no consigue sacarse
ninguna espina, y está agotado.
Cómo agota sentir cuando
llevas toda la vida evitando sentir.

Recuerda cómo trató de salir
de su propio agujero
creando en otros cicatrices
como la suya.
No funcionó.
Su cicatriz se abría
al compás de ese baile.
También buscó, se buscó,
en catedrales donde guías y mesías
seguían dogmas cargados de lo mismo.
Más de lo mismo.

Encontraba distracción en esos templos:
una vida felizmente distorsionada
demoraba el momento de la verdad,
ese del que no puedes huir
porque siempre está ahí, latente.

Acude a la nevera y derrama unos hielos
y algo de líquido sobre un vaso.
El néctar le quema la garganta,
no obstante, traga con avidez.
Llora de nuevo al verse beber así
y al comprobar que no puede
escapar sus propias cuentas pendientes.

Son ardientes tinieblas que le queman,
que acuden desde lejos y le abrasan.
Y no conocen más salida que salir,
si no hay un canal que las lleve a la superficie
ellas lo encontrarán, sin duda.
Son listas, se esconden, se agazapan,
siempre fracasas en el empeño de olvidarlas.
Siempre acaban mordiendo
como hienas hambrientas.

No se puede escapar,
pero él creía que sí.
Aún quiere creer que sí.

Igual uno de estos días se da cuenta
de que lo único que puede hacer
es clavarse la azada y construir un surco
por donde puedan huir las llamas.
Y que el fuego cauterize la herida
para su definitiva cicatrización.
Quizá si puede salir del errático papel
que representa en este mundo
consiga permitir que las tinieblas
cautericen todos aquellos residuos lacerantes.

Quiere parar
de pensar,
de sentir;
es agotador.
Decide salir a la calle
y echa a andar sin rumbo,
solo para alejarse.
El aire es fresco y golpea
su rostro húmedo de llanto
Le sienta bien.
Continua hasta ¿donde?
Pero allí parará,
y luego…
ya veremos.

Un tipo fuerte y duro
con el que nadie se atreve
se derrumba.
Su fuerza hoy no sirve,
es papel mojado y deshecho.
La fingida autosuficiencia
le abandona en estos ratos.
La defensa violenta
contra los otros,
contra su mundo,
caduca marchita
tras obstinadas lágrimas de pena.
La violencia pierde ante la tristeza.
Siempre.

4 Comments

  1. Nandi Moles dice:

    Pobre tipo duro… Lo esta pasando mal y no sabe cómo afrontar el problema. Veo que recurre a la violencia contra otras personas, alcohol, drogas e incluso a la fe, pero nada le sirve porque no se enfrenta al problema, a sus sentimientos. Le causan tanto dolor que teme seguir ahondando en ellos y por eso busca otros caminos que no hacen mas que alejarle de su problema y de si mismo. Por ahí no vas bien, chaval….

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