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Autoconciencia. Encontrarse entre tanto ruido.

Las emociones, como ya dije en el post El desajuste en la educación, son las grandes olvidadas en el sistema educativo actual, añadiría también que en la propia sociedad, en el contexto cultural donde nos movemos. Lejos de cuidar la parte emocional de las personas, todo empuja a buscar una suerte de “éxito”. Obsérvese que he entrecomillado la palabrita, el concepto de éxito se ha desdibujado tanto que, en mi opinión, ha perdido su sentido, su capacidad para describir la realidad. Lo que se considera triunfar en nuestro mundo suele circunscribirse a tener un buen trabajo, una buena cantidad de dinero y una buena “posición social” (ahí van de nuevo las comillas). Si esto fuese éxito, digo yo, bastaría para asegurarte una vida plena y feliz. Pero, ¿no es cierto que hay gente con grandes carreras universitarias, trabajos bien remunerados u ocupando puestos de gran responsabilidad que no consiguen la dosis de felicidad que todos necesitamos para vivir a gusto? El éxito no puede ser tal si no aporta felicidad, si no se traduce en que yo, con lo que tengo, me siento dichoso y contento.

La idea de éxito que marca nuestra sociedad es algo peligrosa, puede desviarte de tu propio bienestar. Puedes estar gastando energía toda tu vida para conseguir aquello que crees que te va a dar lo que necesitas y, cuando lo tienes, te das cuenta de que no es suficiente. En este punto pueden pasar dos cosas: o tratas de conseguir más aún, entrando en una escalada inacabable, como si la clave fuera la cantidad, o te decepcionas de tal modo que entras en crisis. Esta última opción, aunque suene peor, es psicológicamente más saludable. Tras una crisis así, es posible que tu mente empiece a comprender que hay que cuidarse, atender más al verdadero bienestar emocional, al que se llega desde dentro,  y menos a otros aspectos más efímeros.

Puede que uno de los virus de esta sociedad sea la racionalización extrema. Me explico. Si uno se fija en los modelos de crianza actuales, por ejemplo, comprobará que no se cría a un niño atendiendo a sus emociones, sino atendiendo a su conducta. El padre o la madre saca su cerebro más racional y se centra uno en cómo debe comportarse el pequeño, en cómo debe sentarse a la mesa, en que debe hacer esto o aquello porque si no no será una persona como debe ser. Estoy abusando adrede del verbo deber porque es precisamente, de todos los verbos, el más patológicamente racional. Si te mueves siguiendo la estela de lo que deberías ser nunca encontrarás lo que realmente eres. El debo te aleja de ti y de tus afectos. La consecuencia puede ser fatal: perseguir objetivos vitales que no tienen nada que ver con lo que realmente te va a hacer feliz.

Buscar el bienestar atendiendo a los debes que marca la norma puede llevar a esperar de los demás exactamente lo mismo. Así, consideramos gente rara aquella que se esfuerza por encontrarse a sí misma, nos incomodamos ante aquellas personas que expresan sin miedo emociones como la tristeza o que lloran con la misma naturalidad con la que ríen. No pocas veces se piensa que emocionarse es algo que la gente no debería permitirse, como si fuera una muestra de debilidad, de vulnerabilidad.

Volviendo al concepto de éxito comentaré que, desde el punto de vista de la salud mental, aquel que realmente triunfa, el que se gana el privilegio de estar contento con su propio yo, es el que se conoce bien, sabe quien es y lo que desea, sabe escuchar a su cuerpo, sabe reconocer sus propias emociones y, lo que es más importante, aceptarlas como normales y legítimas sean del signo que sean. Además se maneja bien con ellas, no las teme ni las evita, no se defiende ante ellas sino que las canaliza adecuadamente. Y, lo que es más sorprendente, sabe aplicar eso mismo a los demás, es decir, acepta que la gente sea como es, entiende que la empatía es la base de toda relación humana. ¿Existe gente así? Pues los hay, quizás no tan perfectos como los acabo de pintar, pero los hay. Y no nacieron así, uno no nace tan autoconsciente, tan  inteligente a nivel emocional. Todo ello más bien se aprende, a través de modelado (imitar a nuestros cuidadores) o de la educación (me ayudaron a conectar con mis emociones, a ser yo, y fueron empáticos conmigo, me enseñaron que ponerse en el lugar del otro hace que mis relaciones sociales sean más sanas y satisfactorias).

A través de mi experiencia profesional he comprobado que es muy complicado conectar con las emociones de los demás si no has sintonizado antes con las tuyas propias. Para entender el mundo emocional y manejarnos en él es importante saber escuchar los propios sentimientos y conciliarse con ellos. Es un proceso complejo y largo debido a que apenas te conoces. Sí, como lo oyes, no tienes ni idea de lo que alberga realmente, en toda su magnitud, tu propia personalidad. Tú, yo, y casi todo el mundo tiene una conciencia más bien pobre de cuáles son sus verdaderas debilidades y recursos. Esto es porque no estamos educados para mirar hacia lo esencial, más bien al contrario. La sociedad actual, como he dicho, desconecta a las personas, las hace mirar hacia afuera, hacia necesidades implantadas a través de artificios.

¿Qué hacer para ganar autoconciencia, para conectarse con los propios afectos? Puf, ya sabes, esto no es un blog de autoayuda, con frases mágicas y consejos infalibles. La tarea es ardua, de hecho, la mayoría de las veces nadie es capaz de llegar hasta el fondo de su personalidad sin ayuda. El yoga, la meditación, la psicoterapia, los grupos terapéuticos, etc., son el tipo de ayuda a la que me estoy refiriendo. Toda la vida puede llegar a ser una carrera de obstáculos si no tienes una idea más o menos clara de cómo eres, esto es, qué te afecta y por qué es eso precisamente lo que te afecta, cuáles son tus cualidades más valiosas y tus recursos. Para ello, y a través de este post, solamente puedo ofrecer un esbozo, unas líneas generales que sirvan al menos para plantear una reflexión, para animar a trabajar en ese gota a gota necesario e ir ganando autoconciencia.

En ocasiones llevamos tanto tiempo usando mecanismos de defensa para evitar que afloren nuestros aspectos más difíciles de aceptar que terminamos olvidando dichos aspectos, mejor dicho, pasándolos al inconsciente de nuestra mente. El ejemplo más extremo es cuando la persona vive una crisis de identidad: ha evitado tanto aceptarse a sí misma y a su historia que realmente lo ha conseguido: ya no sabe quien es. Frecuentemente esto te pasará a medias, solo sabes quien eres parcialmente. Para encontrarte y ganar en salud mental, lo primero y fundamental es empezar a habituarte a escuchar tus sentimientos, todos, los positivos y los negativos. La gente se pasa media existencia escapando de la tristeza, del miedo, del desconsuelo, de la ira… Pero qué bien se acepta la euforia o la alegría. Esta costumbre, por llamarla de algún modo, hace que solamente aceptes una parte de ti. El Diego que tiene miedo, que llora, que se entristece, que odia, es tan legítimo como el Diego alegre, bromista y que disfruta de una buena conversación.

A primera vista puede parecer que lo más útil del mundo es evitar las emociones menos llevaderas, sin embargo, esta actitud no solo no es útil sino que es altamente peligrosa. Si huyes de estas emociones no podrás hacer nada con ellas, se sumergirán en tu cuerpo y se dedicarán a generar síntomas, muchos de ellos psicosomáticos. Es imposible poner una tapa a todas las emociones, recuerdos o vivencias que dejaron posos desagradables; no queda más remedio que elaborar todos esos elementos o se volverán contra ti, se patologizarán. Dejar que fluyan dichas partes de ti hará que te conozcas mejor, lo que permitirá estar más conectado con tu cuerpo y con tu entorno. Aceptar las emociones, sean del signo que sean, y todo lo que arrastran a su paso te permitirá desahogarlas, comunicarlas y, por tanto, canalizar lo que llevas dentro. Las emociones deben fluir sin cortapisas y, he aquí la guinda del pastel, ser compartidas con la gente en la que confías, ya sea familia, amigos o profesionales.

Gota a gota se hace el río y la idea es ir avanzando y haciendo camino. Lo malo es que vivimos constreñidos, gobernados por normas y obligaciones procedentes del contexto familiar y social, y esta es la razón por la que casi todo el mundo se aleja de sí mismo en mayor o menor medida. Ante este panorama, lo normal es que haga falta alguna de las ayudas que he comentado antes. Todos deberíamos buscar actividades, relaciones terapéuticas o personales que nos conectasen algo más con nuestro propio yo, con nuestro verdadero yo; acercarnos un poco a aquello que ya recomendaban filosofías y disciplinas orientales, cientos e incluso miles de años antes de que se inventara la psicología en occidente.

¿Y si poco a poco conectas y te das cuenta de que la vida que llevas no es la que realmente quieres vivir? ¿Qué pasaría si tus más profundos afectos te empujan a cambiar radicalmente de vida? En ese caso sentirás el miedo al vacío, a la incertidumbre, probablemente experimentes una crisis, tratarás de aferrarte a lo que ya tenías, a lo malo conocido. Esa es la reacción lógica, los cambios son siempre duros, sobre todo si son tan profundos. Es el riesgo de conectar, podrías decepcionarte al comprobar que no estabas en el lugar donde querías estar, no eras la persona que te habías empeñado en ser. Yo, si sirve de consuelo, diré que si has llegado a conocerte un poco más, y tras ese profundo trabajo lo que sientes es que debes cambiar, entonces el cambio solo puede ser para bien.

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