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Niños Velcro y el triunfo de la creatividad

Pertenecer a una universidad, tener masters, doctorados u otras titulaciones académicas… todas esas cosas hacen que, socialmente, se considere a una persona como más sabia, con más cultura. Ingenieros, arquitectos, abogados, físicos, matemáticos, son profesionales con cierto carisma, al menos en este país, gente esforzada, con “fuerza de voluntad” para el estudio. Hay ocupaciones que tienen una posición privilegiada, mientras otras parecen propias de gente ociosa que no tiene otra cosa que hacer que ponerse a tocar un instrumento, a bailar o a pintar cuadros.

Hoy vuelvo a hablar de creatividad, más concretamente de la gente que se dedica a enriquecer nuestras vidas con sus creaciones. Mi intención es complementar con un ejemplo concreto todo aquello de lo que hablé en la entrada La importancia del proceso creativo.

Un día decidí llevar a mi hijo de 2 años al local de ensayo de los Niños Velcro, un grupo de música que recientemente ha sacado disco, una joya llamada Weiji. Dos de sus componentes son íntimos amigos míos, nos conocemos desde hace una década, lo que me ha permitido seguir de cerca su evolución, tanto personal como profesional. Siempre están estudiando aunque, paradójicamente, son de esa gente que llaman “sin estudios” ¿Cómo puede ser esto? Pues eso digo yo. ¿Cómo pueden pesar tanto los prejuicios culturales como para considerar a un músico profesional una persona sin estudios? Muchas veces, la ignorancia no permite ver el titánico esfuerzo que cualquiera debe hacer para dedicarse profesionalmente a una actividad creativa como la música. El solo hecho de dominar la técnica y hacerlo decentemente ya cuesta años de estudio, ser profesional y defender tu trabajo todos los días cuesta… ni siquiera puedo calcularlo.

Recuerdo una vez que cometí la insensatez de hacer el siguiente comentario a uno de estos amigos músicos: “Vaya, vaya, soy el único que ha estudiado de aquí y al final el más pringao”, lo decía en relación a que en ese momento yo, a pesar de mi carrera universitaria, parecía ser el que poseía la situación laboral más precaria de los asistentes. Por si me excusa, que no lo creo, dije esto en un ambiente de broma, en esos momentos en el que todos nos reímos de todos de forma saludable. El caso es que mi amigo me corrigió amablemente pero de inmediato, me dijo algo así como que yo no era el único que había estudiado, él llevaba toda la vida haciéndolo. Me quedé con cara de idiota, el idiota que cada día recibe una lección.

Resulta que aquel día en el local de ensayo recordé esta anécdota. Soy licenciado universitario, tengo un master y miles de horas de formación, todas relacionadas con mi profesión; y puedo asegurar sin miedo a equivocarme que no he estudiado ni la cuarta parte que las personas que se encontraban en ese local. Tengo la suerte de estar rodeado de músicos y soy consciente del esfuerzo que hacen, sin embargo, no llegué a cuantificarlo hasta que me lancé yo mismo a tocar un instrumento. Ahí me di cuenta, de verdad, de la cantidad de tiempo que hay que invertir en todo el proceso.

Ese día, en la oficina de los Niños Velcro, mi hijo acudió a la mejor escuela, la escuela libre. Se sentó en la batería y estuvo una hora tocando sin parar, de hecho tuve que arrancarle del asiento, por desgracia para él, para permitir que mis pacientes amigos pudieran ensayar. Sin embargo, como habían montado un teclado, el pequeño no se pudo resistir y estuvo aporreándolo. Finalmente, se volvió a sentar en la batería y empezó a tocar otra vez. Yo ya estaba apurado, aunque ellos parecían divertirse con las fechorías de ese músico bebé. Uno de mis amigos le acompañó con las teclas y, durante un breve lapso de tiempo, se dio lo que algunos autores llaman flow, fluír. Mi amigo consiguió que el ritmo del niño se sincronizara con los acordes que lanzaba su teclado. Duró apenas cuatro o cinco segundos. Observé la expresión de feliz perplejidad en el rostro mi hijo, que indicaba su modo de sentir el flujo musical del que estaba formando parte, y entendí, por primera vez en primera persona, lo que supone para un niño sumergirse en una actividad creativa.

Nadie puso cara de “tío, a ver si lo dejais ya que tenemos que ensayar”, todo lo contrario. Parecían entender, con bastante más naturalidad que yo, que lo que estaba ocurriendo bien merecía dejar el ensayo para un poco después.

Ese día también sentí envidia. El cantante del grupo revisaba las opiniones reflejadas en las redes sociales sobre el nuevo disco. Habían estado meses y meses trabajando en él y ahora la gente, que lo empezaba a escuchar, volcaba sus opiniones en internet. Lo que me dio envidia fue la ilusión con la que recibía cada comentario, como un niño cuando recibe alabanzas sobre sus dibujos. El DJ del grupo montaba sus cacharros antes del ensayo, sonreía ante el despliegue de mi hijo y hablaba alegremente sobre el proceso creativo que había supuesto, y estaba suponiendo el disco. Ante la escasez de medios propia de la mayoría de las personas que pretenden promocionar sus creaciones, ellos, los propios miembros del grupo, lo habían hecho prácticamente todo, incluído los trabajos manuales necesarios para empaquetar los CDs. También pidieron ayuda a unos cuantos colegas del gremio creativo (actores, diseñadores gráficos, etc.) y promocionaron el disco a través de internet, grabando una serie de cortometrajes donde explicaban cuál iba a ser su modo de financiación, gran obstáculo para que una obra salga a la luz y todos podamos disfrutarla, y de qué modo el que quisiera podría colaborar. Así consiguieron financiar su proyecto musical mediante crowfunding, un ingenioso método que algún alma creativa inventó para que los creativos del mundo tuvieran otra oportunidad, lejos de los gigantes financieros que solamente acogen ciertos tipos de producto.

Por supuesto, me convertí en cofinanciador de Weiji, aportando poco más de 20 eurillos, a cambio de recibir como recompensa la edición limitada del disco, un par de camisetas del grupo, pegatinas, pins, una bolsita muy cuca y el primer CD que editó el grupo. ¡Toma ya! “El dinero mejor gastado del mundo”, fue mi comentario en facebook. Me gustó mucho la sensación de aportar mi grano de arena, de ser partícipe del resultado de un duro trabajo de creación y, por si fuera poco, recibía la propia obra más varios regalos. El crowfunding me permitió ayudar y ser ayudado. No lo consideré una compra, solo fue un intercambio, muy satisfactorio, entre personas con inquietudes similares.

La labor que los Niños Velcro realizan es aquella que deberían realizar nuestras escuelas. Les considero, en cierto sentido, mis maestros, igual que todos aquellos que me han enseñado algo sobre creatividad, tan necesaria en el desarrollo psicológico y emocional de todo niño o adulto.

Son los Niños Velcro un ejemplo concreto de creatividad, mejor dicho, un ejemplo que demuestra la plenitud y el brillo que la creatividad puede dar a una persona o grupo de personas, de cuan importantes resultan ciertas enseñanzas que, desastrosamente, no contempla nuestro sistema educativo. Niños Velcro son un pequeño gran ejemplo, al igual que lo son todos esos sabios y estudiosos bailarines, pintores, inventores, novelistas, magos, humoristas…

Por cierto, como cofinanciador de Weiji no me queda más remedio que recomendar encarecidamente su adquisición. El disco, una fluida y luminosa mezcla de estilos, sale a la venta el 24 de mayo, coincidiendo con el concierto de presentación oficial del mismo en Madrid (Sala Live, Av. Nuestra Señora de Fátima 42, a las 21:30 horas). No obstante, quien quiera disfrutar de la obra antes de ese día puede hacerlo a través de los siguientes enlaces, donde el grupo ha colgado los temas para su escucha libre a través de la red:

Canal You Tube:
http://www.youtube.com/user/velcrunico

Tambien están en Twiter, Spotify y iTunes.

En fin, toda la suerte del mundo para mis maestros, ojalá algún día ocupen en la sociedad y en nuestro sistema educativo el lugar que les corresponde.

4 Comments

  1. Que bonita experiencia, aunque todo lo que acompaña a la palabra creatividad es bonito. Un post muy enriquecedor Dieguinch

  2. Oz dice:

    Excelente post amigo, muchas gracias por compartirlo, da gusto visitar tu Blog.
    Te invito al mio, seguro que te gustará:
    http://leyendas-de-oriente.blogspot.com/

    Un gran saludo, Oz.

    • Diego Sango dice:

      Gracias por el comentario, Oz.
      He estado dándome una vuelta por tu blog. Me gusta mucho, de hecho, me ha recordado que tengo una mini colección de cuentos y metáforas orientales en mi biblioteca que usé para diseñar un proyecto que nunca vio la luz.
      Quedas permanentemente invitado tu también a asomarte cuando quieras.
      Un abrazo.

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