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Resiliencia: salir fortalecido de cada bache

Hace tiempo conocí a una chica, una adolescente con la que trabajaba, es decir, a la que trataba, que tenía una asombrosa capacidad para analizar lo que le estaba sucediendo y aprender de la experiencia. Esto parece algo habitual que todos  hacemos en cierto sentido, pero sus circunstancias eran precisamente lo que convertía su situación en extraordinaria: desde que superó la edad infantil comenzó a vivir experiencias repetidas de maltrato físico y psicológico por parte de su madre, una persona con problemas de salud mental; además, su padre se había borrado del mapa, emigrando a otro país, solamente tenía con él contacto telefónico y se veían puntualmente, una o dos veces al año. Sin embargo, ahí estaba esa adolescente con una capacidad de análisis y superación que parecía desafiar las leyes de la resistencia mental de cualquier ser humano.

Otro caso fue el de un chico de 7 años: cuando comenzamos a verle se autolesionaba, agredía a otros niños, su nivel de ansiedad era altísimo, su tolerancia a la frustración casi nula y su estado de ánimo realmente penoso. Un niño muy dañado por su historia familiar, la madre no le cuidaba adecuadamente en cuanto a sus necesidades básicas, además, padre y madre tenían un conflicto abierto con episodios de violencia verbal y física. La madre no reconocía ningún problema, lo negaba todo, nos engañaba en cada sesión, por lo que era imposible el trabajo con ella; el padre estaba destinado fuera de Madrid  y cuando venía no asumía ninguna medida que pudiera proteger a su hijo de la situación en la que se encontraba. Pero poco a poco afortunadamente el chico fue mejorando, se trabajó con toda la familia e individualmente con él. Aprendió a controlar sus impulsos, cesaron las autoagresiones, se espaciaron las agresiones a otros compañeros y su estado de ánimo evolucionó muy positivamente. Entendió que lo que le ocurría no era porque era malo y violento sino debido a las consecuencias derivadas de la historia con sus vínculos más cercanos. La remontada del niño fue imparable durante un tiempo, comenzaron a salir a flote todos sus recursos: era inteligente y cariñoso, comenzó a disfrutar de las relaciones con los otros y a aprender a explorar el mundo sin percibirlo tan amenazante. 
¿Por qué mejoraron estos dos menores? ¿Dónde está la clave? ¿Es que unas personas nacen más resistentes que otras? ¿Acaso si soy fuerte resistiré y si soy débil estoy condenado?
Intentaré resolver el acertijo. 
La chica del primer caso fue criada prácticamente por sus abuelos, que la atendieron física y afectivamente de un modo suficientemente bueno como para que pudiera desarrollar los recursos que luego la ayudaron a sobrevivir a esa situación. Resulta que una vez la niña se quiso individuar, es decir, simplemente llegó a la adolescencia, tanto su madre como sus abuelos comenzaron a tratarla mal, por sus propias carencias no llegaron a aceptar que la niña se “separase” de ellos. Pero lo curioso es que durante su etapa de bebé y su etapa infantil fue suficientemente bien tratada, eso fue lo que le salvó.
En el segundo caso la figura clave de toda esa mejoría resultó ser su abuela paterna, en la que acabamos volcando, junto con el niño, toda la energía del proceso terapéutico. Esta mujer cuidaba de él mientras que la madre estaba trabajando, pasaba con ella todas las tardes, y algunas noches o fines de semana. Su abuela era la persona de la que obtenía prácticamente todo el afecto y la atención que sus padres no le prestaban. Intervenimos con ella para que ayudase a su nieto a elaborar su propia historia y para potenciar todas esas cualidades que hacían que el niño estuviera mejor.
Por otro lado, la intervención individual con los menores se dedicó fundamentalmente a reforzar esos recursos que les acercaban no sólo a resistir los avatares de sus propias vidas, sino también a salir fortalecidos de la experiencia. Si superaban esto, en un futuro podrían superarlo casi todo.

Dos ejemplos que convergen en el concepto motivo de la entrada de hoy: la resiliencia. La resiliencia es un término secuestrado de la física, cuando un profesional de esta disciplina define a un material como resiliente está haciendo referencia a esa capacidad que tienen algunos metales de, una vez han sido deformados, volver inmediatamente a su forma inicial. Algo parecido a lo que les ocurre a esas pelotas de gomaespuma que, aunque las agarres y comprimas con todas tus fuerzas vuelven de nuevo a su forma original cuando son liberadas. Trasladado a los seres humanos, y quedándonos con lo más simbólico del concepto, desarrollar esta capacidad significaría aprender a resistir los pequeños o grandes traumas con que nos azota nuestra historia y no quedar significativamente dañados, incluso poder usar la experiencia para salir fortalecidos. 

¿Cómo conseguir desarrollar algo tan esencial? ¿Cómo ayudar a un hijo, a un alumno o a un amigo a ser resilientes incluso antes de que les haya ocurrido nada malo? Como siempre, no tengo más remedio que sintetizar y mostrar sólo ciertos aspectos importantes. Voy a tratar de aportar unas pequeñas gotas del mar que contiene los elementos que conforman la personalidad resiliente. 

Para que alguien pueda trabajar sobre la base segura de su propia personalidad debe haber tenido, al menos en cierta medida, eso que los teóricos del apego llaman apego seguro. Es decir, los padres o cuidadores deben ofrecer un entorno donde cuando algo vaya mal (aparece una necesidad o un peligro) la criatura pueda contar con que los adultos que le atienden puedan hacer desaparecer la incertidumbre o amenaza del momento. La vida infantil está cargada de momentos de gran zozobra donde se dan circunstancias que el niño o la niña no pueden afrontar debido a su todavía inmadura personalidad, todo esto genera mucha inseguridad y angustia. Si los padres reaccionan minimizando o negando las emociones del momento o no actúan para mitigar la necesidad existente o la amenaza, ya sea ésta real o imaginada, la personita llegará a la conclusión de que habrá que defenderse para evitar que se den de nuevo las circunstancias donde uno se siente desvalido e inseguro. Es importante insistir en una idea clave: defenderse a la desesperada de una situación ante el temor de un daño inminente es incompatible con aprender de modo reflexivo y calmado para salir fortalecido de dicha situación. 

La pauta a seguir, si queremos ser facilitadores de la resiliencia en los demás, es tratar de crear un contexto de seguridad donde la persona pueda tratar todo lo que le ocurre y cómo le hace sentir sin censuras, con la certeza de que va a ser atendido, comprendido y ayudado. Imaginemos un niño cuyos padres han convertido esta pauta en una rutina, imaginemos ese niño sintiendo que sea cual sea la situación a afrontar tiene la seguridad de que aunque él no pueda resolverla, siempre habrá alguien para guiarle, para echarle una mano, para completar, con su destreza de adultos, aquello a lo que todavía no llega por ser niño. Resultado: toda las situaciones, por temibles que sean, pueden ser afrontadas sin miedo con mis armas o con las que aprendo en los demás debido a la ayuda que me prestan. A través de que otros le hagan sentir seguro está creando los cimientos de su propia seguridad, ingrediente fundamental en el puchero de la resiliencia.

Bien, nos estamos esforzando en crear un contexto de seguridad, ahora incidiré en el capítulo aparte que merecen las emociones. Resiliente es aquel que es capaz de adaptar su reacción emocional al momento concreto, es decir, los sentimientos que saltan automáticamente en cada situación no contaminan el afrontamiento de la misma. Este detalle es crucial, vuelvo a insistir en la dicotomía adaptación y elaboración de la situación versus defenderse intensamente de ella. Cuando, por ejemplo,  hay situaciones que enfadan mucho, es probable que ese mismo enfado boicotee la labor de encontrar el mejor modo de resolver lo que ha pasado. Si me entristezco profundamente por algo hasta el punto de bloquearme y no poder hacer otra cosa que aislarme y llorar, es menos probable que encuentre la fuerza suficiente para modificar mi estado de ánimo consecuencia de lo ocurrido. Otras veces las emociones resultan incongruentes además de exageradas, la gente queda perpleja al observar como una persona tiene una reacción defensiva cuando nadie le ha amenazado en absoluto. 

El verdadero modo de canalizar las emociones para que dejen de indicar que hay que defenderse con vehemencia de ciertas cosas que nos rodean sería trabajar nuestra historia personal. Cuando algo nos afecta especialmente y provoca sentimientos que lastran el adecuado afrontamiento es porque, a raíz de nuestra historia, hemos interiorizado que había que defenderse de ese algo. El tratamiento de este asunto es un trabajo muy profundo cuyo análisis excede la pretensión de este artículo, no obstante, sí me pararé a detallar algunos elementos tangenciales pero significativos.

Aquellas personas que se encuentren al cuidado de niños, no sólo padres sino también otros familiares, profesores, educadores, terapeutas, etc., tienen la responsabilidad de promover la resiliencia, de modo que mis orientaciones irán en esta dirección. El mejor modo de que un niño elabore saludablemente sus emociones es que sepa que hay que vivirlas y expresarlas, que no pasa nada por ello; debería también poder asociar perfectamente qué le ha llevado a serntirse así; sus cuidadores tendrían que hacer un esfuerzo por legitimar esas emociones transmitiendo el mensaje de que tiene derecho a sentirse así y, por tanto, se le entiende. En consecuencia, el aprendizaje fundamental es que sentir no es malo sino todo lo contrario, además uno debe saber por qué se emociona e interiorizar que sentirse mal es tan aceptable como sentirse bien, se tiene que contar con las emociones y jugar con ellas. Hecho esto viene la tarea de facilitarle ayuda, si es que la necesita, para abordar la situación, a veces lo único que bloquea un buen afrontamiento es la indigestión emocional. 

Por otro lado, los adultos podemos ayudar de un modo similar a otros adultos para que conviertan las crisis personales en oportunidades para desarrollar su propia resiliencia. Las reflexiones y pautas descritas valen también para los más mayores, que no somos ni más ni menos que niños algo creciditos. Sea de la edad que sea la persona a la que quiero ayudar para que saque una renta positiva de sus baches, tendré que ofrecerle un espacio donde tenga la seguridad de mostrar sus inseguridades sin ser juzgada, sino solamente comprendida y ayudada. Redundo adrede en el concepto seguridad porque es vital en este caso: hasta que alguien no sepa que puede sentirse seguro no relajará sus defensas para lanzarse al conflicto que supone comprobar que sin ellas, sin las defensas, nos sentimos desvalidos, tal y como nos sentíamos cuando buscabamos seguridad en nuestro pasado y nadie nos la pudo facilitar. 

Los dos chicos protagonistas de los casos que relaté al principio pudieron ir saliendo poco a poco de su pozo personal debido a que al menos, gracias a la aportación de alguna persona de su entorno durante una época de su vida, sus necesidades fueron mínimamente cubiertas, sus amenazas mitigadas en cierto sentido y sus sentimientos legitimados por figuras de apoyo, tarea que hizo posible que se agarrasen a esas partes “seguras” de su personalidad para seguir adelante, para seguir buscando ayuda y creciendo personalmente.

Lo importante aquí es darse cuenta de que cada cual puede ser fuente de resiliencia de su amigo, de su pareja, de su hijo. Si no juzgamos, si conseguimos empatizar, podremos conseguir que fluya la ayuda que realmente vale, esa que hace que se reparen las heridas.

Ayudarse a sí mismo a menudo comporta las limitaciones y dificultades que todos conocemos, sin embargo, lo dicho hoy, si uno se fija, podría perfectamente auto aplicárselo cada cual: intentar entender por qué me siento de este modo, que cosas movilizan ese sentimiento, legitimar mis propias emociones y buscar a la persona adecuada a la que expresárselas, saber pedir ayuda si me siento inseguro… Cada persona tiene dentro recursos que sirven de base para todo lo demás, como comenté en otra ocasión a través de la entrada ¿Por qué somos como somos?. La clave para participar de nuestra propia resiliencia es siempre aprender a desarrollar esas virtudes originales que todos poseemos, así como adquirir otras nuevas a través de los vínculos con las personas con las que nos relacionamos. 

Y nunca olvidemos que ayudar ayuda, promover la resiliencia en los otros promueve directa e irremediablemente la propia.






9 Comments

  1. Marta dice:

    De nuevo, me ha encantado leerte. A pesar de compartir contigo horas y horas de trabajo, siempre me sorprende lo que escribes. Creo que refleja y resume perfectamente lo maravillo de este apasionante tema. La resilencia explica lo extraordinario de la capacidad humana. me parece muy interesante lo que reflejas, acerca de que. esta fortaleza se puede fomentar durante toda la vida, si tenemos la suerte de encontrarnos en nuestro camino con aquellas personas que sabes que estarán pase lo que pase y con las tus sentimientos y emociones se legitiman y se pueden hablar. Estoy segura, y lo veo todos los días, de que has sido, eres y seras el tutor de resiliencia de muchas personas, conocidas y desconocidas. Esto es lo mas gratificante. un besooooteeeeee.

  2. Manolín dice:

    Un tema muy recurrente para los tiempos que corren. La verdad es que es difícil decantarse por alguna de las opciones que nos das, yo personalmente me decantaría por la castración química voluntaria, ya que originaría… ¡uy! creo que me he equivocado de blog, disculpa las molestias.

  3. Nuevemil dice:

    Por favor Doctor, ¿podría aclarar una duda que tengo desde hace tiempo? ¿Es lo mismo emoción que sentimiento?
    Millones de gracias por adelantado.

    • Diego Sango dice:

      Hasta donde yo llego no encuentro, y atendiendo a cómo desde mi profesión trabajamos con ambos conceptos, la diferencia entre emoción y sentimiento, lejos del matiz que cada cual les quiera dar. Por ejemplo, parece ser que emoción puede tener un sentido algo más intenso que sentimiento, es decir, tener un sentimiento concreto puede entendenerse como que sientes con una menor viveza que si dices que estás emocionado. Ese detallito es quizás la única diferencia que yo veo, no obstante, también te digo que en mi caso hablo indistintamente de ambos como si fuesen hermanos gemelos.

  4. Manolín dice:

    Soy yo de nuevo, ya que me he equivocado, me he leído de paso tu entrada y me gustaría participar en la alabanza a tu ego, eres el mejor, no cambies nunca.
    En realidad, es curioso ver las diferentes formas de enfermar de las personas. Cómo cambian esas formas de enfermar dependiendo de la cultura en la que estés inmerso. Sólo hay que comparar los países centroafricanos con los europeos, donde en éstos últimos, los niveles de enfermedades mentales han crecido exponencialmente, mientras que en los africanos, las enfermedades que se extienden son las infecto-contagiosas. Seguro que debe existir un lugar en el que no se enferme nunca, en el que se llegue a la muerte por vejez, por la propia naturaleza. ¡Qué demonios hemos hecho con esta sociedad! ¿Hacia dónde vamos? Acaso ya no sabemos criar a un niño, cuando lo llevamos haciendo miles de años.
    Sinceramente, creo que es mucho más fácil que todo el sistema que hemos creado, nos hemos puesto tantas vendas en los ojos, que ya no sabemos qué es arriba y qué es abajo. Todo lo hemos sistematizado, secuenciado, nombrado, parcelado… Le hemos puesto nombres a todas las afecciones que nos hemos encontrado y le damos un sentido funcional, sistemático y sin lógica para la totalidad del ser humano. Encontramos curas, o más bien aplazamientos de curas, para volvernos a encontrar la misma situación con diferente nombre.
    Sé que parece que me he desviado del tema como antes, pero no es así y si lo es, que me den. Gracias

  5. Anonymous dice:

    hola tengo una duda y espero que me ayudes porfis un niño resiliente tiene algo negativo ono espero tu respuesta grasias

    • Diego Sango dice:

      Entiendo que me estás preguntando si puede ser negativo para un niño encontrarse en una situación a consecuencia de la cual ha tenido que desarrollar resiliencia. Pues, bueno, la resiliencia en sí no tiene nada de negativo, todo lo contrario. Ser resiliente significa sacar un saldo positivo de todo evento negativo vivido. Pero nadie es esencialmente resiliente, uno desarrolla unas fortalezas ante unas cosas, pero eso no quita que continuen dañándole otras. Por tanto, ese niño resiliente puede tener muchas cosas negativas derivadas de su historia, concretamente todas aquellas que no pudo “convertir” en resiliencia.
      No sé si se entiende mi respuesta, me ha costado un poco interpretar la pregunta que había detrás del comentario. Si quieres alguna alaración no dudes en volver a preguntar.
      Un saludo

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