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Desolación

En una bar un hombre de traje oscuro, como oscura es su alma ahora, bebiendo una cerveza rubia. Curiosamente la saborea ahora como nunca antes, sabe tan bien su feo sabor. Le queda dinero para otra cerveza, y para dos más, pero eso no importa, es como si fuera la última. Sabe a rabia, sabe a decepción, sabe a un corazón sin saber ser, sabe a una teoría sobre la vida que no consigue ser corroborada, porque se marchita.

Es un hombre bueno, siempre lo ha sido. Aquel que quería contar con él, ahí lo tenía. De esas personas que ya no quedan, ni en los bares. Lo dio todo, y aunque solo fueron unos años de su vida, fue media existencia. Darlo todo a veces no es suficiente, a veces no.

Al oscuro hombre jamás le enseñaron a amar, ¿a quién le enseñan algo tan arriesgado? ¿Quién osa dar lecciones de lo intangible?, necios son los que se atreven. Siempre pensó que lo hacía bien, siempre pensó que el te quiero de su chica servía para demostrar que conseguía su misión en el amor, que hacía feliz. Qué ignorante se sentía en estos momentos, no fue suficiente nada, poco a poco se fue extinguiendo aquella luz que para él siempre había radiado con tanta fuerza que le convirtió en un miope, en alguien que no fue capaz de predecir el desenlace que se tendía ante sus ojos. Realmente la luz se extinguió en ella, pero eso contaminaba también a su luz, haciéndola tenue y débil como la de una vela. Y alguien sopló al fin esa vela, provocando una larga agonía.

No hay más birra -pensó-, otra no estaría mal. La segunda cerveza ya no estaba tan buena, aunque la necesitaba aún más que la primera. Esta segunda sabía mucho más amarga.

Ella jamás le dijo lo que quería de él, siempre le dijo que le amaba, eso sí. Y le amaba con locura, no mentía, no fingía. Pero no corregía sus torpezas que para él no eran tales, ya que su chica confesaba quererle. Ella no hizo más que quererle, sin exigirle. Pensó que el tiempo se encargaría de hacer lo correcto, puesto que estaba con el hombre más bueno del mundo, y un hombre así sabría corregirse a sí mismo, o quizás no merecía ser corregido. Y así, muy poco a poco se fue acumulando veneno en su corazón, se fue pudriendo algo maravilloso sin tomar medida alguna. La fuerza de la costumbre es un virus que puede aniquilar cualquier amor, y ahora ella sufre, ni más ni menos que él, de una forma terrible. Sabe el daño que le ha hecho, sabe que vio pasar el tren ante sus ojos y le dejó pasar, confiando en un destino que jamás cambia si no lo cambian sus actores. No le llamó torpe, no le ofendió, no le dijo que debía hacer otras cosas para que no se apagara tan bonita luz. Pasivamente dejó que todo se diluyera, y estaba tan arrepentida… Porque ahora no había vuelta atrás, ya estaba todo oxidado. Y aunque su dolor era tan desgarrador que le consolaría morir, no podía desear por más que lo intentaba estar con él, y lo intentaba con todas sus fuerzas… y con todo su amor.

No hay más birra, otra no estaría mal. Pero la tercera cerveza ya no estaba tan buena, aunque la necesitaba aún más que la segunda. Esta tercera sabía mucho más amarga. Pensó mientras bebía qué es lo que había hecho él para que todo terminara así, o qué no había hecho. No entendía nada. Nadaba desnudo por un fangoso pantano de incertidumbre y se estaba ahogando… Pero no moría, lo deseaba de veras en estos momentos. Pensó en su futuro roto, pensó en cómo su felicidad nadaba sin rumbo también por el mismo pantano, pensó dónde estaba el sentido de su vida, pensó si se había equivocado de mundo. O si mañana se despertaría de esta pesadilla, con su amor al otro lado de la cama. Lloró amargamente pensando… Se fue al rincón menos visible del bar y trató de ocultar su llanto al resto del mundo.

¿Quien entiende una cosa así? Nadie. Y por eso quería estar solo, porque era el único que creía que se había equivocado de vida, y que además en esa vida errada no había más consuelo que la soledad. Apenas podía tragar su fea cerveza, las lágrimas y los mocos le trababan, solo desolación pasaba por el fino tubo de su garganta.

El oscuro hombre, con su alma sucia por el miedo, no sabía que otra persona navegaba también sin rumbo y también se desesperaba por no entender nada. El vacío de ella nada podía llenarlo tampoco. Aquella mujer vivió siempre con un noble deseo: morir al lado de su amor. Y ahora tampoco podía explicar tanto dolor, y su sentimiento de culpa era tan aterrador que mordía su estómago con una fuerza insoportable. Sabía perfectamente que había acabado con las ilusiones y motivaciones de la mejor persona del mundo, que le había destrozado al abandonarle, pero no podía desearle, por más que se empeñaba. Miles de lágrimas empapaban su alma, generando un vaho que no permitía ninguna visión, ningún consuelo. Ella sabía que él lo había dado todo, y sabía que quizás debió haberle pedido hace tiempo las cosas que a él se le escapaban entre tanta virtud. Pero no lo hizo, y lo peor es que ahora tenía la certeza de que nada serviría… porque ya no le quería a su lado. Todo eso le arrancaba el alma.

El oscuro hombre apuró su tercera cerveza, llevaba tanto tiempo en el bar que ya ni se acordaba: dos horas, tres, una… El sufrimiento hace el tiempo tan angustioso que nada importan los minutos o las horas. Sin embargo quería salir de allí, estaba mareado de tanta cerveza, o de tanto dolor. Con los ojos inyectados se dirigió a la barra, pagó cuatro cervezas dejando la que nunca se pidió de propina, con la esperanza de podérsela tomar con ella algún día… La cerveza de la esperanza, pero de una esperanza tan destructiva que tuvo que salir apresuradamente del bar para que el camarero no le viera llorar de nuevo.

Salió a la calle. Sintió una pequeña sensación de bienestar al oler la noche, no sabía bien por qué. El color de su ropa era el de su alma herida y su corazón se encontraba manchado por la sangre de lo que siempre perduraría… pero olía bien, entre tanta desolación al menos la noche estaba bonita. Espontáneamente, como arrastrado por un río de inefables ronroneos cerró los ojos y la intensidad de sus emociones hizo que quedara paralizado, trató de oler la esencia de la noche, si es que eso es posible, trató de escuchar los mensajes de una ciudad abandonada a su rutina, trató de descubrir tanta magia en tan sencillo escenario… Y así, sin quererlo, abrió los ojos y una luz de luna eclipsó su dolor por un instante. Una luna que le hizo disfrutar un momento efímero, una enorme luna llena que se dibujaba entre los bloques de la ciudad. Su luz era tan intensa que por ese precioso momento olvidó que su corazón estaba lleno de ecos, que no sabía dónde iba, que nada había.

Dentro de una botella buenas y frescas sensaciones, versos maravillosos que despiertan sentimientos suaves y reparadores, aire de libertad, viento que ensordece los gritos opacos de un alma sucia. Y la luna, y la noche, y la ciudad se encargaron de descorchar la botella. Y a borbotones salió el torrente de sensaciones, llenando de valor un efímero momento que no había tenido hasta ahora más que destructiva autocompasión.

Pero acabó, sus ojos se inundaron de lágrimas una vez más y el desconsuelo ya no le dejó en paz en su camino a casa. Abrió la puerta de la soledad, y cuando hubo llegado a su cama vacía soñó que la luna llena saldría de nuevo mañana, para guiarle en su agonía, descorchando esa botella que guarda todos sus resplandores.

2 Comments

  1. Noelia dice:

    Un relato precioso! A través de tus palabras me has contagiado por un momento el sentimiento de desolación del personaje. Noelia

  2. Diego Sango dice:

    Muchas gracias Noelia. Y por ser la que ha inagurado los comentarios de esta entrada. Por fín la comenta alguien. 🙂
    Un saludo

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