El maltrato infantil o el “cachete a tiempo”.

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El maltrato infantil o el “cachete a tiempo”.

Lo primero que habría que preguntarse es ¿qué es maltrato infantil? Es un término algo escurridizo, aunque no lo parezca. La gente a la que uno haga esa pregunta contestará de modo más o menos preciso, indicando probablemente que maltrato significa pegar a un niño, pegarle fuerte o darle una paliza. También insultarle,  humillarle, descalificarle… Estas últimas acciones corresponderían al llamado maltrato psicológico, temática que se me antoja también bastante polémica. Sin embargo, y por no abarcar demasiado, hoy escribiré concretamente sobre el maltrato físico, porque como ya se sabrá existen otras modalidades en las que no se pega al niño pero que son de igual modo dañinas para él.

Es interesante comprobar lo difícil que resulta encontrar personas que reconozcan que han ejercido o ejercen maltrato. Todos aquellos que han pegado a su hijo normalizan el golpe por el mero hecho de que “tampoco le he dado una paliza”. Pero ¿con qué fuerza hay que dar a un niño para que esto se considere maltratante? ¿Dónde está el límite? Resulta que cuando uno habla de sus propios hijos la definición de maltrato se hace más laxa, menos contundente. Entonces ¿qué es maltrato? Es pegar a un niño… pero bueno, si le doy en la mano para que no toque algo no es maltrato. Es golpear a una criatura y hacerle daño…vamos a ver, un cachete a tiempo tampoco es malo, eso no es maltrato. Vaya, vaya… qué curioso, no encontraréis a nadie que diga: “sí, vale, le he dado un cachete a mi hijo, he ejercido un maltrato sobre él”. Y no hallaréis a nadie así porque todos los que golpean a niños y adolescentes normalizan el hecho aludiendo a unas pautas educativas necesarias para que el niño “no se te vaya de las manos”.

Desde un punto de vista estrictamente profesional maltrato infantil significa dañar a un menor física o psicológicamente. Maltratar es tratar mal, así de sencillo, generar una herida física o psicológica sea ésta del nivel que sea. Lo verdaderamente escurridizo del término es que todos los que levantan o han levantado la mano a sus hijos se basan en que lo hacen por su bien. Todos. La siguiente cuestión que se me plantea sería la siguiente: si es bueno poner los límites con cachetes o bofetadas ¿por qué no decimos a nuestros jefes que cuando nos pasemos de la raya nos den en la manita, en el culito o directamente nos crucen la cara? Seguro que así aprendemos. Desde luego para los defensores del cachete hay una gran diferencia en dar a un niño y dar a un adulto. En un niño sí está permitido, pero ojo, sólo por sus padres, o si estos lo consienten por algún otro cuidador. Si al niño le pega un desconocido sin que los padres le hayan animado, entonces eso no le sirve al niño para aprender… “a mi hijo solo le pego yo”, y encima “lo hago por su bien”. En ese caso resulta que sí es bueno.

Introduzco el tema de esta forma para mostrar de algún modo que la función del cachete no sólo no tiene base científica, que desde luego no la tiene, de hecho los estudios indican que es contraproducente, sino que su efectividad se basa en creencias populares y nada más. Los razonamientos que llevan a pensar que el golpe puede ser bueno para un niño han caído hace tiempo y siguen cayendo por su propio peso según se va evolucionando en el estudio de la intervención psicológica con menores y familia.

Los adultos no somos diferentes de los niños, solamente tenemos unos años más y un cerebro algo más maduro. Lo que hace sentir mal a un adulto se suele multiplicar por 10 en un niño, y cuanto más pequeño peor, ya que sus armas para el afrontamiento de situaciones son más rudimentarias. Cuando se golpea a una persona adulta y ésta no puede responder a tal agresión, el resultado es que se sentirá humillada, impotente, rabiosa, triste o frustrada. Esa tormenta emocional la llevará muy probablemente a albergar deseos de venganza o al menos a desear el mal al agresor. Si se golpea a un niño, que evidentemente no puede defenderse ante tal acción, ¿cuáles serán sus sentimientos? Pues sí, los mismos, pero con el agravante de que un niño no sabe moldear sus emociones con tanta destreza como los adultos, lo que le pone en una situación muy delicada: se siente mal y no sabe cómo canalizar ese malestar, y por si fuera poco el que le ha agredido es la persona más importante para él, detalle que hace la situación aún menos manejable. ¿Alguien cree que una persona adulta agredida pueda sacar la siguiente conclusión?: “me ha pegado, eso quiere decir que lo que estaba haciendo no debo hacerlo, con esa hostia me ha convencido de que lo que él dice es el camino que debo seguir”. Sin embargo, por una extraña razón sí pensamos que los niños a base de golpecitos en el culo, cachetes o bofetadas pueden llegar a pensar de este modo.

Y entonces, si no sirve para nada ¿por qué la gente pega a sus hijos? Porque realmente sí sirve, sirve para los padres, para que el niño se atemorice y deje de hacer lo que estaba haciendo. Es decir, el pequeño o la pequeña aprenderá que para que no te golpee tu padre o tu madre no debes hacer esto o aquello delante de ellos. Es el miedo el que inhibirá su conducta, lo que significa que cuando no esté su agresor campará libremente fuera de sus límites y se lanzará a hacer aquello que en casa le está vetado. Y hará esto porque no ha entendido ninguna razón, en muchos casos el que pega tampoco suele dar grandes razones “o paras o te doy”, esa es su razón. Pero a pesar de que después del golpe se le expliquen las cosas, el caso es que se le ha pegado y por tanto se ha contaminado con los sentimientos negativos que genera que te agredan; en esas condiciones nadie tiene la capacidad para razonar, más bien lo que apetece es censurar a tu agresor en todo lo que diga. Es muy importante interiorizar que el aprendizaje y la educación sólo son realmente efectivos en un niño si se basan en el razonamiento y en un positivo vínculo con sus cuidadores. Si hay violencia, sea de la intensidad que sea (aunque si es más intensa las consecuencias son mucho peores, claro está) el vínculo afectivo padres-hijo se deteriora, se vuelve ambivalente: unos días mis padres me demuestran cariño y otros me dan golpes. Es un contexto éste perjudicial no sólo para el aprendizaje sino para otras cosas en las que hoy no me pararé por no liarme, como son por ejemplo la comunicación familiar y la tan necesaria capacidad para compartir afecto entre los miembros.

Ya se habrá advertido que llamo maltrato (físico, en este caso) a todo lo que sea golpear un niño, ya sea flojito, fuertecito o como quiera que se haga. Es una agresión al fin y al cabo, y las pautas educativas basadas en estos métodos producen una serie de secuelas. Si el niño es golpeado para que sus padres se salgan con la suya, evidentemente cuando este niño quiera “enseñar” a un amigo donde está lo correcto también usará la filosofía del “o lo haces o te doy”. No puede ser de otro modo, puesto que esa es la vía rápida que sus padres utilizan para que él haga caso, ergo si quiere que le hagan caso usará la misma metodología. Por otro lado y relacionado con esto el niño, al lanzarse al dominio de este método descuidará la diplomacia, la empatía o el comportamiento asertivo, lo que irá en detrimento de su inteligencia emocional, una “clase” de inteligencia que se ha demostrado clara artífice del éxito de una persona a nivel social.

Llevo años trabajando con familias y menores en Servicios Sociales, lo que me hace testigo de excepción de todo tipo de relaciones parento filiales, con o sin indicadores de maltrato en su dinámica. A través de mi trabajo he llegado a darme cuenta de algo que habla por sí solo: la gente pega a sus hijos por el simple hecho de que no son capaces de regular su conducta de otro modo. Así, creen que si sus hijos se portan mal y no les pegan la cosa irá a peor y se les irán totalmente de las manos. Paradójicamente lo que he observado con los años (aunque esto ya lo han estudiado muchos otros antes que yo y de modo más riguroso) es lo siguiente: los niños a los que pegan son los que peor comportamiento tienen, y cuanto más se les pega peor se portan. Por el contrario en las familias donde se usa la diplomacia, el afecto, palabra y escasos y ponderados castigos para regular el comportamiento de los niños, éstos son más tranquilos y obedientes, de hecho tienen mucho más claro qué es lo que no se debe hacer y por qué. Entonces, ¿Dónde está la eficacia del método? Pues lo que se sabe es que únicamente genera dolor, malestar emocional y, encima, una desestructuración comportamental derivada del hecho de que no se les ofrece un vínculo emocional seguro cuando se comportan de modo no deseado por sus padres. No se les educa con la palabra, el refuerzo positivo o el razonamiento sino con el “hasta que no te pego no paras”. Y el niño para, pero cuando sale de casa la lía, claro… A algún sitio tiene que ir a parar toda la rabia acumulada tras el golpe.

Toda persona que pegue a sus hijos y lea esto estará diciendo “a ti te dejaba yo a mi hijo una tarde a ver qué hacías”. Trabajo con niñas y niños de todo tipo y he comprobado cientos de veces que cuando se les ofrece un entorno seguro donde se les valora y se reformulan sus conductas inadecuadas haciendo un esfuerzo por entender por qué se han comportado de ese modo, el resultado es que reaccionan con gratitud, te respetan y se muestran más tranquilos y obedientes.

Me he dado cuenta cuando he comenzado el artículo que me lanzo a escribir sobre temas que necesitan el espacio de un libro entero para ser tratados con rigor. Pero en fin, aunque no creo que pueda evitar caer en reduccionismos, voy a intentar introducir la alternativa educativa al golpe, sintetizaré algunos aspectos que me parecen esenciales.

Lo primero es cambiar el punto de vista, mirar la conducta desde la posición del niño. Me explico, a ningún niño le gusta portarse mal, aunque algunos estén convencidos de que hay niños que “lo hacen por joder”; no conozco ninguna persona que disfrute generando rechazo en los demás y mucho menos en los que más quiere, y los niños recordemos que son personas. Habría que preguntarse si realmente les hemos explicado con calma y cariño alguna vez lo que queríamos que hiciesen, ya que hay una tendencia a explicar solamente lo que no deben hacer: no tardes, no hagas ruido, no saltes en la cama, no juegues a estas horas, no corras, etc. Muchas veces ante tanto no, los niños se enrabietan y se bloquean, como es normal. La gente cree que “como soy su padre” el niño tiene que aguantar estoicamente todo lo que yo le eche encima “porque me tiene que respetar y punto”. Pues aguantará todo lo que pueda pero cuando no pueda más se portará mal, te devolverá la negatividad.

Por tanto, hay que poner todo el esfuerzo en hablarles con mensajes en positivo, diciéndoles sobre todo lo que se espera de ellos. Pero tendré que castigarle ¿no? ¿O es todo de color de rosa? Pues habrá que castigar si es necesario, pero para generar un cambio de conducta en un niño es necesario recordar, y digo esto sobre todo para los amantes del conductismo más radical, que el número de recompensas y alabanzas tiene que ser siempre inmensamente superior al número de castigos o mensajes negativos sobre el niño. O no habrá cambio… las personas somos así, “magnéticas”, nos cargamos positiva o negativamente, según los mensajes que nos den. Y con sobredosis de negatividad nos enfadamos, pataleamos y hacemos de todo menos aprender a comportarnos como esperan que lo hagamos. Es muy esforzado para los padres acostumbrados a fijarse en lo que el niño hace mal y en recriminar su mala conducta, el pasarse casi todo el día recordando a su hijo en qué es bueno y todo aquello que sí hace bien. Pero no queda otra si no se quiere volver al recurso fácil. Cuando el niño vea que en general se le percibe positivamente y que es valioso para sus padres se encontrará más receptivo a aceptar normas o a dejar de comportarse de esta o aquella manera; verá más justa la exigencia de sus padres y tenderá a cumplirla mejor. Para castigar siempre hay tiempo, y además la teoría (y la práctica, al menos la mía y la de mis compañeros de trabajo) dice que si el número de castigos se reduce al máximo y se maximiza la cantidad de veces que resalto el buen hacer de los niños, éstos no sólo me tendrán más en cuenta sino que contribuiré a aumentar su autoestima, por lo que se sentirán más seguros y menos frustrados, lo que a su vez provocará que aprendan a regular su conducta y emociones de modo más hábil.

Con respecto al punto de vista que antes mencionaba, si tratamos de mirar con los ojos del niño comprobaremos que se ha portado mal porque, por ejemplo, se ha puesto nervioso y no ha sido capaz de conseguir algo. Si en tono afectuoso le devolvemos que entendemos como se siente y que probablemente nosotros en su lugar también nos enfadaríamos, tendremos medio camino andado porque el niño se sentirá comprendido y consiguiendo esto ganaremos credibilidad para él. Cuando logramos empatizar con un niño, se lo hacemos saber y después le comentamos lo que debe y no debe hacer, entonces es cuando el niño entiende que se lo decimos por su bien, no porque queramos que lo haga por narices, “porque soy tu padre y me debes hacer caso”.

Luego está el aspecto más a tener en cuenta, el más importante con muchísima diferencia en las relaciones familiares: el afecto, el pegamento que une los vínculos entre los seres humanos. Si uno es afectuoso incondicionalmente con alguien, ese alguien nos será fiel y nos tendrá en cuenta siempre. Un niño debe saber que se porte como se porte se le va a querer, si le pego cuando se porta mal le estoy dando un mensaje ambivalente y dañino porque, y esto es universal si nos referimos a la salud mental de las personas, el que te quiere no debería pegarte. Si soy afectuoso con un niño éste me devolverá ese afecto, si soy desagradable con él, pegándole, gritándole o diciéndole “tú estás tonto”, lo que recibiré será más de lo mismo, aunque en formato infantil o adolescente, es decir, se “portará peor”. Es como jugar al frontón, un frontón emocional, depende del efecto que le de a la pelota y de lo fuerte que la golpee, así variará su trayectoria cuando toque la pared.

No estaría mal recordar que el niño o el adolescente no es un guerrillero del que debo defenderme. Hay que hacer un esfuerzo por no tomarse las reacciones de un menor como algo personal: “o él, o yo”. Si se cae en esto uno se expone de nuevo a perder credibilidad porque notará que se le ve como un enemigo a batir, lo que directamente le hará interiorizar que su padre o su madre también lo son. ¿Quién hace caso a los consejos de su oponente en una contienda?

En fin, es un tema el de hoy largo y espinoso y no pretendo dar en este artículo fórmulas mágicas que sirvan a todos los padres para que sus hijos les hagan caso y así “no tener que pegarles”. Lo único que digo precisamente es que no hay que pegarles, porque aunque a los padres pueda servirles en alguna ocasión, al menor le genera una nociva huella en sus propios modos de afrontamiento de situaciones sociales, deteriora el sagrado vínculo de apego con sus cuidadores y daña el concepto que el niño tiene de éstos y de sí mismo.

the-kid-abrazo2En temas de crianza no me cansaré de resaltar la importancia del vínculo y el afecto, que al fin y al cabo es lo verdaderamente esencial. Y no, tu hijo no te va a dejar de querer porque le pegues, pero es necesario hacerse consciente de que aunque te siga queriendo le estás haciendo daño, a todos los niveles, aunque le pegues “flojito”, aunque “solo sea una torta” o “un cachete” o los infinitos formatos de agresión que existen y que no son tan espectaculares como una paliza.

He conocido padres en mi carrera profesional y en mi vida personal que eran tan afectuosos con sus hijos y les sabían transmitir lo valiosos que eran de un modo tan habilidoso, que no les hacía falta castigar. Les transmitían amor y comprensión a los niños, éstos simplemente sabían lo que sus padres querían de ellos y lo hacían sin más.

 

22 Comments

  1. Diego Sango dice:

    Muchas gracias Antonio. Un abrazo gordo.

  2. Carol dice:

    Para mi el cachetito es maltrato. Un maltrato que además sólo nos atremos a llevar a cabo si se trata de niños.
    El problema es que en muchas ocasiones se sigue sin querer o sin poder evitar el sistema educativo de nuestros padres. A veces se pega por frustración del adulto que no sabe o no consigue hacerlo de otra manera. Y es difícil pero no imposible salir de ahí.
    Me ha gustado mucho Diego.
    Saludos.

  3. Diego Sango dice:

    Gracias Carol. Estoy de acuerdo contigo, el bagaje cultural y social pesa y la gente ante su propia frustración termina haciendo lo que sus padres hicieron con ellos. He escuchado muchas veces la frase: “a mí me pegaban y mira, estoy perfectamente”. Como tú dices es muy difícil cambiar para ese tipo de padres, tienen tan normalizado el cachete que no se plantean que pueden llegar a mejores resultados con otros métodos. Pero bueno, confiemos en que la gente reflexione, se haga consciente de lo que vive su hijo cuando se le pega e intente un cambio.

  4. Marida dice:

    Importante ese concepto de propiedad de los hijos, que dificil desprenderse de él y cuantos ámbitos abarca¡.
    Muy currao, me ha gustado mucho, le has puesto el mismo entusiasmo que pones en el curro.Felicidades compañero¡

  5. Zarina Avila dice:

    Excelente. Claro, directo y certero. Lo comparto por todas partes!! Mil gracias!!

  6. Anonymous dice:

    Me ha gustado mucho, Diego! Graciaaaaaaaaaaaaas!!!

    Diana García

  7. Malamirada dice:

    Muy bueno Diego… totalmente de acuerdo contigo! (Aunque creo que no se pueden extrapolar del todo las reacciones de un adulto golpeado a las de un hijo/hija, ya que estos últimos tiene un tipo de relación paterno-filial que hace que se mitigue el rechazo que sería esperable al ser golpeados por alguien “ajeno”… llegando a existir casos en los que el patrón “como es mi padre me puede dar” es la única relación que esperan de sus progenitores…)
    Sigue así!! (refuerzo positivo, jejej 😉

  8. Manolín dice:

    Estoy completamente de acuerdo con lo que nos has presentado camarada, pero quisiera que me resolvieras un par de dudas que me han surgido dentro de este tema tan escabroso y que en algunos momentos pueden llegar a sembrar la duda entre los padres más hábiles en el arte del maltrato:
    Si un niño se encuentra con los dedos enganchados a un enchufe, recibiendo una corriente eléctrica de 220V y le doy con un palo de madera en el brazo para separarle ¿estoy cometiendo maltrato?
    Otra pregunta:
    Si a la hora de darle un azote a mi hijo, le tapo previamente su campo de visión con algún material opaco y después le atizo sin saber quién ha sido ¿me reconocerá como el maltratador? o ¿se sentirá frustrado en general con todo el mundo?
    Y la última:
    El típico zarandeo que se ejecuta sujetando al niño por el brazo con fuerza y moviéndolo a gran velocidad en todas las direcciones posibles ¿se realiza para que el niño adquiera una mayor percepción espacial y equilibrio, para comprobar la elasticidad de sus articulaciones o es un tipo de maltrato desquiciado?
    Muchas gracias por tus entradas, son magníficas

  9. Anonymous dice:

    Me ha encantado el artículo, te has explicado estupendamente. A ver cuando nos quitamos la losa de: “mis padres lo hicieron conmigo y yo no he tenido traumas” ains.

  10. Diego Sango dice:

    Malamirada:
    Evidentemente el niño no vive igual ser golpeado por un desconocido que por sus padres, lo segundo es de más dificil elaboración para el niño. A un desconocido se le puede censurar tranquilamente, en los padres se da la situación de ambivalencia emocional que explico en la entrada. Además, y afinando más, si un niño llegase a la conclusión de que se merece el golpe, eso sería precisamente más patológico que una reacción agresiva o rebelde. La autoestima se resiente cuando una persona llega a la conclusión de que lo hace tan mal que merece ser golpeado. Ese es uno de los orígenes de las personalidades que soportan maltratos en su etapa adulta. Muchas gracias por seguirme.

    Manolín:
    Me veo absolutamente incapacitado como profesional para responder a tus dudas. Y además, de momento, no me atrevo a dar rienda suelta al humor negro en este blog. Ya me animaré según coja más confianza. Un abrazo.

  11. Melisa dice:

    Me ha encantado Diego, vaya clase magistral, si es que vales mucho compi!!!

  12. mars dice:

    Como te iba diciendo…..jajajaja.
    Decirte que me ha encantado el artículo, creo que es muy difícil resumir tanto conocimiento en unas lineas, además claramente explicado al alcance de cualquiera que quiera leerlo, sin florituras.
    Solo me gustaría añadir que existe una abismal diferencia entre pegar ” un cachete en el culo” una vez en la vida, a hacerlo de manera continuada, es decir que la pauta reiterativa es lo que mas daña.Creo que estarás absolutamente de acuerdo. Por otro lado y a pesar del “mundillo” en el que nos movemos sigo confiando y creyendo en el cambio de las personas y en la educación como forma de erradicar dichas creencias.
    Espero que algun día deje de normalizarse el castigo físico como forma de educar. Este artículo, sin duda, puede contribuir a que esto suceda. Tu compañera, besos.

  13. Diego Sango dice:

    Totalmente de acuerdo en todo lo que dices, compañera. Qué te voy a decir yo que tu no sepas sobre este tema. Muchos besos.

  14. anonimo dice:

    Pues mi padre acaba de pegar a mi sobrino de 2 años tres pedazo de azotes en el culo que no veas como se tambaleaba el pobre y un guantazo en la cara por no recoger una cosa….

    k asko me da! le odioooooooooooooooooooooooooo!

  15. Blanquete dice:

    Como dice Naomi Watts en el Corte Inglés: Me encanta!!!!!.
    La verdad es que he de reconocer que al no tener hijos tenía una idea equivocada sobre el apego y la crianza. Siempre decía que los cachetes no hacían mal alguno, que los niños debían dormir en otra habitación etc etc… De hecho, era de los que siempre he pensado como Steven Seagal (La violencia no es el camino pero una hostia a tiempo te pone a andar). El caso es que no había que irse tan lejos. Nuestros padres y madres, con todo el “cariño” del mundo nos han zurrado de lo lindo. Mi padre, en concreto, solo me pegó una vez pero jamás se me olvidará el azote que me arreó en el culo. Era un domingo, sobre las 13:00 horas en la Puerta del Bar Lisboa (Humanes). Yo tendría unos 3 años. Cuento esto porque leyendo el Bloq me he sentido identificado en muchos puntos y esta “anécdota” da que pensar. No es que tuviera preferencia por uno o por otro pero a mi padre siempre le vi como una persona tierna y cariñosa conmigo que me explicaba lo que estaba bien o lo que estaba mal sin ponerme la mano encima.
    Cuándo el me dio aquel azote creo recordar que no sentí mucho dolor, ni rabia…Sentí mucha pena y tristeza. No podía comprender porque esa persona por el que tanto cariño y admiración sentía había llegado a esa conclusión. El caso es que esa imagen nunca se borrará de mi cabeza.
    La verdad es que me costó un tiempo olvidar ese episodio (No es que cayera en los Barbitúricos ni nada por el estilo) con mi padre pero no por eso le hice más caso ni me porté mejor.
    Sin embargo, mi madre era la “Devil Comander” de la zapatilla. La queríamos mucho pero estando ella en casa eso era un pequeño campo de batalla. Siempre que íbamos a jugar o hacer algo en casa se generaba esa tensión opaca que te hace disfrutar un poco menos de todo.
    Bueno, que me enrollo como las persianas. Me ha encantado Diego. Me ha servido para recordar muchos episodios con mis padres, encontrar un por qué a algunas situaciones vividas y a tener cada vez más claro los errores que no quiero cometer con mis hijos.
    Un abrazo!!!

    • Diego Sango dice:

      Me alegra comprobar que eres de las personas que han recogido su historia y han reciclado constructivamente algunas cosas importantes, aprendiendo para no repetir pautas que no funcionan.
      Siempre pienso que cuando alguien pone ejemplos como los que has descrito eso le da mucho más color y sentido a las entradas. Además, me ha encantado el modo en que lo escribes, emociona y hace reír, dos de las cosas que más agradezco cuando leo algo y se dan juntas.
      Muchas gracias, Blanquete, por haberte unido a los lectores del blog.
      Un abrazo gordo.

  16. Anonymous dice:

    Que falta de unos buenos bofetones tenéis…….sois carne de hermano mayor a la legua, pandilla de Pánfilo@s

  17. Anonymous dice:

    Chapó, Ojalá más gente pensara así. Mientras tanto seguiré sintiendome un perro verde pero educando a mi hijo desde el respeto. Su cara de felicidad vence todas las críticas. Eso si, me sigue doliendo ver por la calle niños que son maltratados por sus propios padres, a la vista de todo el mundo y que nadie acuda en su ayuda. Si un marido pegara así a su mujer todo el mundo se echaría las manos a la cabeza….

  18. Diego Sango dice:

    Gracias por tu comentario, pero este texto no refleja un pensamiento, ni siquiera una actitud, de verdad; este artículo es fruto de lo aprendido en mi formación profesional y lo que después encontré a través del ejercicio de mi profesión. Un saludo y ánimo con esa forma de criar a tu hijo. Como ya estás comprobando, dará sus frutos.

  19. Fransisko dice:

    Yo tengo 14 años y de peque,mis padres y abuelos me castigaban/pegaban cuando yo hacia algo indebido.
    Tambien me obligaban a hacer cosas que yo no queria,por mi bien y aunque antes los odiaba por eso ahora veo que hicieron bien.En cambio,a mi hermana pequeña (8años) le han dado mucha mas libertad y cada vez que algo no sale de su agrado empieza a llorar y a protestar,golpea las puertas…

    Yo creo que esto ocurre porque hoy en dia los hijos pueden DENUNCIAR a sus padres.Me parece una tomada de pelo por parte de la ley y una falta de respeto por parte de los hijos.

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