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La felicidad troceada

Normalmente se trata el concepto de la felicidad como un recuerdo general que tenemos las personas sobre el curso de nuestras vivencias. Así, si pensamos que generalmente nos han pasado cosas buenas, las hemos vivido como tales y además son mayor en número que las “malas experiencias”, entonces concluimos que hemos sido felices. Por el contrario, si echamos la vista atrás y comprobamos que lo negativo supera en número a lo positivo, o al menos así lo sentimos, entonces concluimos que no hemos sido felices. Si esto mismo ocurre en el momento actual, es decir, mis recuerdos últimamente son negativos, también diremos “no soy feliz actualmente”.

Hay una tendencia general a ver la felicidad como algo fundamentalmente estadístico: cuando las personas sienten que lo bueno supera a lo malo en número, entonces dicen ser felices: en general lo que me ocurre es positivo ergo soy feliz. Esto de momento no genera ningún problema, verse feliz de hecho es de la mejor forma en la que alguien se puede ver; incluso mejor que verse guapo, listo, especial… Pero, ¿Y si lo que siento es que llevo tiempo mirando a mi alrededor y solo veo amargura, tristeza o desesperanza? Evidentemente diré que no soy feliz, porque he hecho el recuento y la cantidad de cosas deprimentes gana por abrumadora mayoría a los detalles alegres de mi vida. Pues esto sí que es un problema gordo.

Analicemos detenidamente la situación porque hemos caído en una trampa gigantesca, y si no hacemos algo va a costar demasiado que la felicidad nos conquiste de nuevo. La trampa es la siguiente: resulta que cuando está bajo de ánimo o deprimido el ser humano se ve envuelto en lo que se denomina en psicología la “tríada cognitiva”, tres patas para un banco: una visión negativa del yo, del mundo y del futuro. Si lo pensáis bien a todo el mundo le ha pasado alguna vez, te da el bajón y de repente te convences de que lo que te rodea es más hostil y deprimente de lo que creías, te llena un sentimiento de desesperanza y pesimismo sobre lo que va a pasar y además te sientes más incapaz de cualquier cosa. Dominados por la tríada los sentimientos que ya pesaban comienzan a contaminarse aún más y entonces vuelven a influir sobre la tríada… Nos vemos arrastrados a un fangoso pantano donde todo es negatividad.

Vamos a pensar que en estos momentos decido hacer balance de mi vida y plantear si soy o no feliz o si lo he sido alguna vez, ¿qué pasará? ¿cuáles serán mis conclusiones? Si sintiéndome así hago un recuento estadístico de lo bueno y lo malo que me rodea solo alcanzaré a ver lo negativo, porque resulta que nuestro sistema atencional es motivado en gran medida por aquello que sentimos. La conclusión es que, aunque estemos rodeados de buenos amigos, de gente que nos quiere o de una vida salpicada por grandes momentos, no seremos capaces de atender hacia esa dirección ya que nuestros sentimientos harán que giremos la cabeza hacia lo deprimente.

Por si todo esto fuera poco, el hecho de detectar todo lo negativo que nos rodea nos ha llevado a sobrevivir como especie,  antiguamente el más hábil en detectar peligros o malos rollos con otras tribus era el que se llevaba el gato al agua. Alguien relajado y feliz se convertía el primero en la merienda de cualquier animalejo de la selva, había que tener un alto nivel de ansiedad y desconfiar de todo para salir adelante. Por lo tanto, el peso de la evolución nos dicta que uno no puede despreciar así como así lo que nos hace sentir mal, porque pondría en juego su supervivencia, hay que estar alerta y grabar a fuego en nuestra memoria todo lo negativo que nos rodea. Es mucho más fácil que nos adaptemos a lo positivo, que pase desapercibido sin reparar en lo bueno que ha sido, aunque eso suponga que nos cueste percibir la felicidad de cada momento.

¿Qué utilidad tiene pues hacer balance?: 10 cosas malas, 5 buenas, igual a “soy infeliz”, carece de sentido si os dais cuenta. Si me siento mal tergiversaré los datos de realidad y solo seré capaz de atender a todo lo deprimente. En estas circunstancias lo negativo siempre ganará por mayoría en estas elecciones de la felicidad como concepto estadístico.

¿Dónde está mi felicidad entonces? Mi punto de vista, tanto profesional como personal, se basa en que todos podemos ser felices y al minuto siguiente dejar de serlo y sentirnos mal por algo. Así mismo, podemos estar sumidos en un estado de tristeza terrible, salir a la calle y que ocurra algo que nos haga sentir felices. En realidad no somos felices ni infelices, en realidad en un momento concreto estamos preocupados, disgustados, temerosos, contentos, alegres, entusiasmados, emocionados, llorando de felicidad o partiéndonos de risa. Es decir, aunque una persona esté o haya estado muy desanimada durante algún tiempo, sea el que sea, eso no quiere decir que no pueda disfrutar de infinitos momentos de felicidad. Solamente tiene que buscarlos y los encontrará, porque están por todas partes, flotan en el aire.

Hay que tener en cuenta que si me digo a mí mismo “soy infeliz” inmediatamente me sentiré aún más desesperanzado y mi capacidad para detectar detalles positivos se verá aún más mermada. Las etiquetas que las personas nos colgamos, además de no ser útiles, nos aproximan al cumplimiento de la profecía. Me explico con un ejemplo: si me llamo inútil me pondré más nervioso al hacer ciertas tareas porque adelantaré que me comportaré como tal, y probablemente con esa presión acabaré realizando esa tarea de forma poco adecuada, y eso confirmará lo inútil que soy. Del mismo modo, si afirmo “soy infeliz” porque he hecho una estadística paradójica e inconcreta contaminado por mis emociones negativas, me sentiré más desanimado y por lo tanto menos feliz aún.

Cada día que vivimos está lleno de experiencias diferentes, algunas las sentimos como leve, moderada o enormemente gratificantes; otras como negativas a diferentes niveles también. Desde este punto de vista, si los acontecimientos positivos lo son, es porque en cierta medida nos hacen experimentar sensaciones positivas, o lo que es lo mismo nos dan un “pedazo” de felicidad. Como decía antes, una visión más cercana a la realidad sería decir que no somos en esencia felices o infelices, sino que conseguimos captar momentos del día positivos y negativos. El haber pasado una mala racha o estar pasándola no quiere decir bajo ningún concepto que se haya perdido la capacidad de continuar captando esos pedazos de felicidad, la experiencia dice que nunca se pierde esta habilidad, solamente que si uno está desanimado le costará algo más de esfuerzo cazar esos trozos desperdigados que nos dan ratos felices. Día a día, e incluso minuto a minuto existe siempre la oportunidad de ser feliz en un momento concreto, aunque ese momento finalice pronto o nos haga vibrar durante horas.

Siempre insistiré sobre lo mismo en cada artículo de este blog: si alguien se siente mal a menudo es que tiene algo que trabajarse relacionado con su historia. Sería conveniente hablar con la gente en la que uno confía, consultar a un profesional o ambas cosas. Sin embargo, se decida o no a hacer esto, siempre queda la posibilidad de disfrutar al máximo del aquí y ahora, de esa felicidad que nos rodea y que anda troceada y dispersa, esperando a que alarguemos la mano. Además, lo verdaderamente importante es tener claro que el bienestar de las personas no queda circunscrito a grandes y pomposos acontecimientos que nos llenan de felicidad de forma espectacular, de hecho este tipo de eventos escasean; de lo que se alimenta realmente nuestro estado de ánimo es de cosas más modestas. Si queremos hacernos expertos en caza y pesca de la felicidad habrá que entrenarse en darle la importancia que merecen esos pequeños detalles que, acumulándose a nuestro alrededor, llenan nuestra vida de luz. La clave es habituar a nuestro sistema atencional a llevar precisamente la atención hacia detalles positivos. Si en un principio me fuerzo a fijarme en lo bien que huele la mañana cuando salgo pronto de casa, en lo bonito que está el parque en esta o aquella época del año, en cuanto agradecemos que nuestro amigo nos escuche cuando lo necesitamos, en lo gracioso que ha sido el episodio que he presenciado hoy en el tren de camino al trabajo, en lo que me reí aquel día de aquellas vacaciones, etc., etc. Si hago un primer esfuerzo y consigo desviar la mirada hacia esas cosas durante un tiempo, mi cerebro se habituará a atender a esos detalles, y al detectarlos los sentiremos. Lo mejor es que si esta actitud se hace crónica acabaremos sintiéndonos felices en muchos momentos concretos lo que repercutirá en una mejora de nuestro estado de ánimo.
Voy a terminar esta entrada proponiendo que cada uno trate de cuestionarse lo siguiente:

¿Cuáles son tus pedazos de felicidad?

¿Dónde los encuentras normalmente?

¿Crees que merece la pena hacer un esfuerzo por buscar más detalles de ese tipo?
Sólo podemos sentir y disfrutar en el presente. Y la felicidad, que anda troceada en millones de detalles que nos son accesibles en todo momento, debe estar en el aquí y ahora… ¿Dónde si no?

13 Comments

  1. Manolín dice:

    Si partimos de la idea de que todo y todos pertenecemos al mismo todo, que todo lo que se supone “malo” es únicamente provocado por el ser humano y que lo que hagamos, sintamos o pensemos nos afectará tanto a nosotros como a todo lo que nos rodea, conectaremos con una preocupación más consciente de nuestro estar en el presente.

    Entonces, no nos queda más remedio que enamorarnos de todo lo que nos rodea (incluidos nosotros mismos), disfrutar de su belleza y no pensar más allá de lo que pasará mañana. Esto no quiere decir que no tengamos que estar alerta y hacer caso omiso de las señales que nos da el medio y nos provocan malestar para evitarlas, solucionarlas o acabar con ellas ¡ÑACA!

  2. Marida dice:

    Yo lo que soy es muy optimista, y no veas lo que ayuda a sentirse feliz.

  3. Diego Sango dice:

    Estar conectado con lo que nos rodea y atender a los que mueve nuestros sentimientos positivos es lo que nos acerca al optimismo. Me alegro de que te veas optimista, eso inevitablemente te aproxima a serlo. Muchos besos

  4. Diego Sango dice:

    Manolín:

    Si eres capaz de enamorarte de tu entorno y además de transmitirlo a la gente que te rodea, creo tienes la felicidad en la palma de tu mano. Porque el que en esta tarea trabaja no sólo para sí mismo sino también para otros, obtiene la mayor tajada de esos pedazos de felicidad de los que estamos hablando.

  5. paloma dice:

    Enhorabuena por el blog,soy paloma una amiga de carol.me teneis enganchada!!te animo a seguir mucho tiempo mas dandonos estas pequeñas dosis de psicologia.

  6. Diego Sango dice:

    Se agradecen los ánimos Paloma, y me alegro mucho de que te sirva todo esto que escribo. Me hace bastante ilusión, la verdad. Besos.

  7. Agata dice:

    Lo bueno atrae a lo bueno, lo positivo a lo positivo…al menos a mi me funciona.
    Me gusta tu blog! me lo recomendó tu mujer.

  8. Diego Sango dice:

    Y cuanto más positivos nos empeñamos en ser más positivismo nos rodea. No puede ser de otra forma. Muchas gracias Agata.

  9. Anonymous dice:

    El otro día leí una frase que me encantó “la felicidad depende de nuestra actitud mental no de las circunstancias que nos rodean” me he acordado al leer tu escrito, que razón tienes Diego en lo que nos comentas por aquí! Decirte que me encanta tu blog! ( Soy Ana, educadora de Yébenes, encontré tu blog a través de Yoli) Besitos!!

  10. Diego Sango dice:

    Hola Ana, qué alegría verte por aquí. Acabo de recordar que escuché esa misma frase esta semana y no recuerdo dónde. Me estoy rebanando el seso y no caigo. Bueno espero que te vaya bien por allí. Un abrazo y gracias por seguir el blog.

  11. Juan López dice:

    Amén! ;D

  12. Vicky dice:

    ¿Has visto algo de Emilio Duró? tiene una conferencia en youtube “optimismo e ilusión”, tiene cosas cuestionables pero en esencia me parece muy interesante, habla un poco de de estos temas. Podemos decir entonces que ¿la felicidad se puede entrenar? ¿a pesar de lo negativas que hayan sido y sean tus circunstancias pasadas y presentes?

    • Diego Sango dice:

      Bueno Vicky, te cuento mi opinión:
      Con respecto a Emilio Duró y toda la gente que hace coaching, he de decir que me parecen siempre interesantes las temáticas que tratan, sin embargo, es importante destacar que esos consejos, al igual que los que yo describo en esta entrada, son pautas que sirven siempre y cuando no haya nada en la historia personal de la persona que obstaculice la tarea. Es decir, hay veces que nuestra vida está tan marcada por heridas no cicatrizadas que todo lo que hacemos en el aquí y ahora no sirve sino que me genera más frustración: “esto que se supone que le sirve a todo el mundo a mí no me sirve”. En estos casos el trabajo de la historia personal y relacional es imprescindible. De hecho, el coaching está diseñado sobre todo para aplicarse a personas “sin patología”, o sea, sin heridas abiertas.
      No existen pautas universales que sirvan a todo el mundo, cada cual es un ser único con una historia vital única, aunque sí hay actitudes ante la vida (que expone muy bien Duró) que está muy bien tener en cuenta y seguir.
      Desde luego que la felicidad se entrena en el día a día, pero si encuentras baches que no te permiten seguir las pautas generales trata de trabajar tu historia, porque ahí está la clave para desbloquearte y poder continuar la búsqueda imparable de la felicidad. Todo es trabajable y mejorable, por muy negativa que haya sido la huella.
      Espero haberte aclarado algo con toda esta retahíla.
      Muchos besos.

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